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Escrito por Jürgen
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Domingo, 05 de Marzo de 2006 12:06 |
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A la mañana siguiente me desperté molida...........................
....y sin haber descansado apenas nada. Ha sido un enorme desgaste de fuerza y he perdido la esperanza de rescatar pronto el contenedor. Aquí todo funciona muy despacio y nadie es capaz de decirme como van a seguir las cosas.
Me dispongo a hablar con el jefe de García para aclararle que de verdad estuvo todo el día conmigo en Santo Domingo.
A las diez me llamó Alex para decirme que me esperaban en la clínica. Me puse en marcha para sacar a García de esta situación desagradable en la que se había metido por mi culpa. La conversación fue breve y tuve la sensación de que su jefe estaba abochornado por haber desconfiado del doctor.
Después de prometerle que la clínica obtendría las cosas que necesitaba cuando sacáramos el contenedor, ya no hubo ningún problema. Después tuvimos que ir de nuevo a la Base para tratar con el general la manera de proceder. Me sentía muy mal por haber causado todos estos problemas y por tener que abusar de la amabilidad del general, pero no tenía más remedio que enfrentarme también a esta situación para que las cosas se solucionaran.
En mi deshonra tengo que reconocer que en algún momento cruzó por mi mente la idea de dejar que el contenedor se quedara donde estaba y olvidarme de el. Estaba enrabietada. Si no quieren que les ayudemos lo dejamos y basta. Pero luego pensé en todas esas personas que precisan nuestra ayuda y que no son responsables de toda esa burocracia absurda. Y tampoco de la inmensa cantidad de dinero que estaba costando toda esta operación.
¡Qué fácil podría ser todo si no lo complicara tanta burocracia! Aunque me imagino que todo esto sucede porque mucha gente de mala fe aprovecha para declarar sus contenedores como ayuda humanitaria y luego hacen con ello el negocio de su vida. En ese caso comprendo las medidas de seguridad. Pero bueno, ahora se trata de acabar bien lo que hemos comenzado.
El general ya nos esperaba y estuvimos tratando el asunto desde todos los puntos de vista. Me prometió que enviaría el papel necesario a Santo Domingo, pero con una condición. Al parecer se había puesto en contacto con sus colegas que le habían dicho que todos los derechos sobre el contenedor debían pertenecer a la Base y que ésta debía constar como destinatario y beneficiario de su contenido. Se me cayó el alma a los pies.
Aunque comprendía que este paso era imprescindible para conseguir sacar el contenedor, de ahí a entregarlo todo... Estaba desesperada. Esto lo tenía que hablar primero con Barbara y Jürgen.
Pregunté al general sobre las consecuencias que tendría esto para nosotros, si no podríamos disponer del contenido. Necesitamos muchas de estas cosas para personas que llevan meses esperándolas y cuya esperanza mantengo constantemente viva.
Me contestó que por supuesto que nos podríamos quedar las cosas y que esto era una pura formalidad, por lo que fui recobrando un poco de tranquilidad. Al fin y al cabo ya sólo faltaba el papel de general y ya podríamos llevarnos el contenedor. Un día después llamé al general para decirle que adelante en todo. Lo había hablado con Barbara y Jürgen, que tampoco veían otra solución. Así que de nuevo paciencia y esperar.
Pasó una semana, y otra, y por fin llega una llamada de García. Si estaba de acuerdo, podríamos salir al día siguiente temprano por la mañana. Por supuesto que me parecía bien, después de tanto esperar me puse nerviosísima. No informé a Barbara y Jürgen. Quería darles una sorpresa una vez que tuviera el contenedor fuera de Rio Haina.
Salimos tan temprano que a las nueve de la mañana ya habíamos llegado a Santo Domingo. El camión con los soldados salió de noche y ya nos esperaba. ¡Por fin llegó el momento! Ya sólo faltaban un par de horas y por fin habríamos cumplido nuestra misión. Ya me veía camino de Sosúa detrás del camión cargado de cosas maravillosas.
Pero no hubiéramos estado en República Dominicana si todo hubiera salido como yo me imaginaba. Nuestro “corredor” nos informó enseguida sobre todos los laboriosos pasos a seguir a partir de ahora. Eso no sonaba nada bien. Seguían faltando papeles, sellos y firmas, aparte de la carta que habían enviado de la Base a la central de aduanas. El problema comenzó cuando se dieron cuenta de que todos los papeles estaban a nombre del doctor García y no comprendían por qué ahora el destinatario era la Base.
Nos quedamos sin habla y solamente intercambiamos miradas desesperadas. Empecemos de nuevo. García intentaba convencer tomándose las cosas con filosofía, Antonio estaba enfadadísimo y ambos querían hacer ver a esa mujer que se ocupaba en ese momento de nuestros papeles cómo habíamos llegado a esa circunstancia. La funcionaria se puso a hablar por teléfono con algún jefe. Tuvimos que enseñar nuestros carnets y también hablamos con el jefe. Pero contar toda la historia por teléfono era casi imposible y de nuevo todo se convirtió en una carrera contrarreloj.
Una llamada del general logró aclarar al menos el problema del cambio de destinatario. Habíamos ganado una nueva batalla aunque todo ello había costado muchas horas y ya había avanzado mucho la tarde. Corríamos de un lado a otro, Antonio siempre el primero, García y el “corredor” a otro despacho para ganar tiempo. Era viernes y a las cinco de la tarde acababa la jornada laboral.
Y ahí llegó un nuevo mazazo. Con mucho esfuerzo había logrado no tener que pagar 80 dólares cuando en el último despacho nos dijeron que habría que pagar al menos la mitad. Pues nada, manos a la cartera, ya puestos ¡que no fallara el asunto por estos 40 dólares! Sin embargo, Antonio se enfadó muchísimo y dijo que esto era una estafa y que era una barbaridad que nos sacaran el dinero de esta manera. Qué no se debían de extrañar si ya nadie mandaba ayuda humanitaria al país.
Le di la razón, pero no hubo nada que hacer. Pagamos y una vez recibido el correspondiente papel nos volvimos a poner en marcha, esta vez al galope, hacia el terreno en el que nos aguardaba el contenedor. Hacía un calor espantoso y casi no se podía ni respirar. El cielo se nubló y anunciaba una buena tormenta. Lo que nos faltaba. Comenzaron a caer las primeras gotas y enseguida comenzó a llover torrencialmente. Nadie llevaba paraguas pero ya, la verdad es que me daba todo igual. Sólo quería que nos dieran en contenedor e irme a casa.
Eran prácticamente las cinco y teníamos que encontrar a la persona encargada de sacar el contenedor para cargar el camión. Llovía a mares y se formaban enormes charcos. Me pidieron que me quedara en el coche. Nuestros soldados eran unos auténticos caballeros. Encendí el limpiaparabrisas para no quedarme totalmente fuera de todo lo que pasaba afuera.
Esperé casi una hora viendo correr a García y a Antonio de una oficina a otra y discutiendo con la gente. Luego nos dijeron que fuéramos con los vehículos a la zona de los contenedores para buscar el nuestro que al parecer ya no se encontraba donde le vimos la última vez.
El asunto se convirtió en una búsqueda eterna cuya última estación fue una zona cerrada en la que nos dijeron que estaría. La persona encargada de su custodia nos cerró la puerta en las narices y dijo que se acabó su jornada y que hoy ya no se podía hacer nada de nada. ¿Y ahora qué? Mi monedero volvía a estar vacío porque todo había costado más de lo que había imaginado. Me entraron ganas de llorar. Bueno, creo que a todos nos pasó lo mismo y no sabíamos qué hacer.
Mañana por la mañana no habría problema, nos dijeron, pero yo no me podía quedar y además todavía había que pagar a nuestro “corredor” cuyo suma ya había regateado convenientemente pero ya no disponía ni de esa cantidad.
Antonio dijo que se quedaría a dormir con su gente en la Base San Isidro para ocuparse a la mañana siguiente de todo, que no me preocupara. Me daba cargo de conciencia, porque el sábado tenía su día libre pero se había portado de una forma tan extraordinaria, nada le había parecido imposible, que le prometí enviarle a la mañana siguiente el dinero que faltaba para nuestro “corredor” a través de Western Union para que no tuviera problemas. Pedí a todos que al menos fuéramos a tomar algo todos juntos, pero todo el mundo estaba agotado y sólo deseaban darse una ducha y acostarse.
Les di los últimos pesos que me quedaban para que al menos se compraran algo de comer y nos despedimos. García y yo emprendimos el camino de vuelta a casa. No quiero ni hablar del tráfico de fin de semana que encontramos, era un infierno. Además, la lluvia torrencial convirtió el viaje en largo y peligroso. La cantidad de agujeros no señalizados sembrados por toda la carretera no nos permitía avanzar rápidamente.
Además habíamos decidido no tomar la ruta por las montañas y decidimos ir por Navarrete, lo que tampoco tuvo gracia.
Por un lado las malditas luces largas del tráfico que te llega de frente y que te ciegan y por otro los barriles con fuego que se colocan para señalizar obras en la carretera. Por culpa de la lluvia se habían apagado y en la oscuridad no se veían hasta que aparecían como de la nada delante del coche. Me entró verdadero pánico, pero finalmente llegamos, en plena noche, sanos y salvos a la Base.
García tomó un taxi de vuelta a Puerto Plata. Yo llegué a casa muy pasada la medianoche, agotada y muy decepcionada. Mi compañero estaba despierto y quería que le contara como habían ido las cosas. Mi hija ya dormía pero me había dejado un mensaje para que la despertara sin falta a mi llegada. Así que le conté todo lo sucedido y hablé también un momento con mi hija. Por fin me acosté medio muerta, pasadas las tres de la mañana pero dejé puesto el despertador para las siete. A las ocho quería estar en Western Union para enviar el dinero.
Como había prometido, a la mañana siguiente comuniqué a Antonio el número de la transferencia y así pudo cobrar inmediatamente el dinero. Durante todo el día no logré hacer otra cosa que esperar y no perder la esperanza de que al fin todo acabara bien. Hasta última hora de la tarde no hubo noticias. Y de repente, una llamada. El camión acababa de llegar sin novedad a la Base. Rompí a llorar y llorar y sentí a la vez una enorme felicidad.
Inmediatamente informé a Barbara y Jürgen y les grité por teléfono: ya podéis sacar vuestros billetes, han llegado las cosas. ¡Nadie se puede imaginar nuestra alegría y también el alivio. Todo ha sido muy complicado, han sido unas gestiones agotadoras y largas, pero al final ha sido un éxito.
Quiero dar las gracias al general, que me brindó toda su ayuda. A los soldados, que pasaron largas horas sentados en el camión a pleno sol sin saber qué estaba pasando. Y al doctor García y a Antonio, que han luchado incansablemente a mi lado. Sin ellos nunca lo hubiera logrado.
También quiero mencionar a las personas en la aduana que no se atravesaron en nuestra lucha y que nos brindaron su ayuda y que han aportado su granito de arena para que las cosas funcionaran un poco más deprisa de lo normal. También a nuestro aliado, el corredor, que renunció a una buena parte de su sueldo y nos ayudó en todo lo que pudo. Nunca olvidaré su dentadura, aunque no le vuelva a ver en mi vida.
Gracias también a Barbara y Jürgen y a tantas personas que han donado cosas y han colaborado para que yo, desde aquí, pueda ayudar a los que lo necesitan.
También quiero aprovechar para decir que esto ha sido una experiencia inolvidable para mí, pero que pese a todos los disgustos no quisiera extrañar ni un solo minuto de lo vivido porque me ha aportado muchas cosas, me ha acercado a personas que nunca hubiera conocido. Han surgido amistades que significan mucho para mí y de este modo este país se ha convertido un poco más en mi nueva patria.
Gracias también a los lectores que se han tomado la molestia de leer mis reportajes. Espero que les anime a apoyar a Domki y a ayudar a las personas de República Dominicana.
Saludos cariñosos para todos
Petra
(Traducido por Angelika Knüppel)